Pero el amor, esa palabra...
veneno y miel

Y tal parece que soy una de las pocas personas que les gusta más escuchar que hablar, pero no lo puedo callar todo, por eso me creé un blog.

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Recuerdo
3 de abril de 2013 (9:28 a. m.) | 0 flores


Veníamos aquí, pensé.
Por aquí, por allá, por el césped…
Hará cuarenta años,
regresé y caminé por esas calles.
Vi la casa donde nací,
crecí y pasé mis días infinitos.
Ahora que eran cortos, había vuelto
para contemplar y mirar y observar
mi recuerdo de aquel ilimitado laberinto de tardes.
Pero, sobre todo, ansiaba el reencuentro con aquellos espacios
por los que corría
como corren los perros, por delante o detrás de los chavales;
con las rutas trazadas por los indios o por esos hermanos (prudentes y veloces)
que se creían miembros de una tribu.
Llegué al barranco.
Por poco me resbalo en el descenso.
Ya tenía mis canas,
pero mi corazón era robusto.
Allí no había nadie. Estos chicos de ahora,
¡qué cretinos! Me dije.
¿Acaso no sabéis que hay un abismo que os está esperando?
Los barrancos son de un verde especial, perfecto y agradable.
Son lugares inaccesibles, por donde deambulan pequeños rateros
y abejas bandidas que roban a las flores para dárselo a los árboles.
En las cuevas hay eco, y arroyos en los que meterte en busca de un botín:
una araña de agua, un cangrejo, una piedra preciosa
o una bota de goma perdida hace tiempo.
Son el hogar natural de los tesoros. Entonces, ¿a qué se debe este silencio?
¿Qué les ha pasado a nuestros chicos, que ya no se persiguen,
que contemplan la artesanía del Señor:
su clara sangre brotando como sirope de árboles heridos?
¿Por qué sólo veo abejas y mirlos en el viento y briznas de hierba inclinadas?
No importa. Camina. Camina, mira y recuerda con dulzura.
Llegué al roble que trepé con doce años
y por el que llamé a Skip para que me bajara.
Estaba a miles de kilómetros del suelo. Cerré los ojos y chillé.
Mi hermano, profundamente alborozado, soltó una carcajada
y subió a rescatarme.
“¿Qué hacías ahí?” Preguntó.
No se lo dije. Antes, la muerte.
Pero estaba allí para dejar en el nido de una ardilla una nota
en la que había escrito un antiguo secreto ya olvidado.
Ahora, en el verde barranco de la edad madura, me paré
bajo aquel mismo árbol. ¿Por qué, por qué, Dios mío?
Pero si no es tan alto. ¿Por qué grité?
No pueden ser más de dos metros. Subiré sin dificultad.
Y lo hice.
Y me acuclillé como un simio decrépito, dando gracias a Dios
de que nadie me viese haciendo el payaso
agarrado grotescamente al tronco.
Pero entonces (¡oh Dios, qué desazón!)
el agujero de la ardilla y su nido se encontraban allí.
Me quedé pensando un buen rato apoyado en la rama.
Me embebí de todas las hojas y de las nubes y de las sensaciones
que pasaban de manera mecánica
como los días.
¿Y qué, y qué, y qué si…? Pensé. Pero no. ¡Has transcurrido unos cuarenta años!
¿La nota que dejé? Ya se la habrán llevado.
Un chico o una lechuza blanca la habrán robado, leído y destrozado.
Habrá volado hasta el lago como el polen, como una hoja de castaño
o como el humo del diente de león que atraviesa el viento del tiempo…
No. No.
Metí la mano en el nido. Hundí los dedos.
Nada. Nada. Sin embargo, al seguir horadando
la saqué:
la nota.
Como alas de polilla dobladas limpiamente sobre sí mismas, y plegadas,
había sobrevivido. Las lluvias no la habían tocado, ni los rayos de sol habían blanqueado su superficie. La tenía en mi palma. La reconocía:
papel rayado de un viejo cuaderno de la marca Sioux.
¿Qué, qué, pero qué había escrito
hacía tantos años?
La abrí. Tenía que saberlo.
La abrí y sollocé. Me agarré al árbol y dejé que las lágrimas
me resbalaran por la barbilla.
“Chico querido, niño extraño que conoce la Historia,
que es consciente del tiempo y ha aspirado la muerte en las flores del lejano jardín de la iglesia”.
Se trataba de un mensaje al futuro, dirigido a mí,
sabiendo que alguna vez vendría, volvería, buscaría, retornaría.
Del joven al viejo. De mi yo pequeño e inocente, a mi yo grande y ya no tan ingenuo.
¿Qué ponía que provocó mi llanto?

“Te recuerdo.
Te recuerdo”.

Ray Bradbury